8 nov 2020

¿ Existe el tiempo? ¿ Qué es el tiempo? ¿Se puede viajar a través del tiempo? Noción del tiempo. Misterios del tiempo. Origen del tiempo. En este ensayo te lo explicamos con dibujitos y plastilina.

 Ensayo

El tiempo no da saltitos inútiles como peces en la red

Autor:

Roberto Carlos Gómez Sánchez 

 

Capítulo 4. ¿Por qué sentimos el tiempo acariciar nuestra piel? 

     Ahora bien, retomando algunas de las preguntas más complejas de la ciencia y filosofía, las que tanto han inquietado a toda la humanidad: ¿Realmente existe el tiempo?, ¿por qué tenemos noción de él?, ¿por qué lo sentimos venir y partir?, ¿por qué sentimos algo intangible?, ¿cómo nació el concepto de presente, pasado y futuro? La respuesta la encontramos en varios factores enumerados a continuación:

1. Brindarle solemnidad a los ciclos terrestres. Reseñamos brevemente esta particularidad cuando abarcamos la diferencia del tiempo y las demás magnitudes. Y es que el hecho de festejar el final y comienzo de un ciclo natural terrestre nos hace ver como si el tiempo fuese algo concreto, que sentimos como algo que viene y se va, esto por la incapacidad de nuestro cerebro de informarnos a cada instante, a cada momento, que lo que realmente viene y se esfuma son los ciclos de nuestra roca giratoria, mas no el falso tiempo, todo esto mientras la materia se deteriora y recicla.

     Esta confusión radica en que al final e inicio de cada ciclo convertimos este fenómeno natural en un gran evento social, un gran acontecimiento para nosotros, algo especial para nuestras vidas. Un claro ejemplo es cuando festejamos nuestro cumpleaños o el año nuevo (ciclo largo). En cambio en los ciclos pequeños no lo asumimos como festejos, sino como compromisos que cumplir (por decir algo), Un ejemplo es el salir a trabajar en cada amanecer y regresar en el crepúsculo de la tarde. No festejamos con fiesta el nuevo amanecer, a menos que sea la fiesta de cumpleaños y nos den serenata. Lo que digo es que no sucede así cada vez que midamos un poste o un árbol con una cinta métrica, o calculemos el volumen del agua,  en estos casos no festejamos esos eventos, solo lo apuntamos en una tabla de medidas o en un inventario.    

     Cada vez que la Tierra finaliza un movimiento de traslación festejamos el gran acontecimiento del año nuevo, una gran fiesta mundial. Esa ceremonia humana se incrustó en nuestra piel y en nuestro cerebro, y nos hace sentir como si verdaderamente el tiempo hubiese pasado. Cada neurona ha asumido que nos vamos volviendo viejos porque estamos acumulando vueltas terrestres o años. Es algo muy errado, pues sabemos que envejecemos con vueltas o sin vueltas. La acumulación de ciclos es solo una estadística, en realidad nuestro cuerpo no acumula vueltas de traslación, simplemente nuestra fisionomía se transforma dentro de un marco evolutivo, y esta variación de envejecimiento se dará siempre, aunque la Tierra no gire. Al celebrar un nuevo ciclo de traslación terrestre, solo estamos añadiendo deterioro a nuestro organismo, a  «nuestra vida útil». 

     Nuestro cumpleaños es otro ejemplo de la solemnidad de los movimientos terrestres, otro ciclo que convertimos en una gran ceremonia para nuestras vidas, un año más de vida; pero solo es un nuevo giro de traslación que llegó a su final y da apertura otro. Y así hay muchos eventos importantes que presentan al falso tiempo como algo real, como lo son la navidad, el día de las madres, las estaciones del año, un mundial de futbol, además de otros. Y si al final de cada ciclo lo envolvemos con las siguientes expresiones repetitivas: ¡Un año más de vida! ¡Feliz navidad! ¡Feliz cumpleaños! ¡Feliz año nuevo! ¡Feliz aniversario! ¡Feliz día de las madres, ¡Ya comienza otra temporada de futbol! etc.: cada expresión se instala en nuestra memoria y ayuda a confundir más nuestra mente.

     Lo anterior en cuanto al movimiento de traslación,  ahora miremos a la rotación terrestre, pues como hemos señalado, no celebramos la salida ni la puesta del sol cada día, pero sentimos que el tiempo pasa. Sin embargo, no nos hace sentir que envejecemos, debido a que es un fenómeno corto. Ese ciclo lo asumimos como un compromiso de actividades diarias, casi constantes, de cumplir una labor cada vez que la claridad del sol traspasa nuestra ventana. Hay miles de compromisos y quehaceres como el ir a estudiar por la mañana y regresar al mediodía, ir a trabajar por la mañana y regresar por la noche, trotar,  vagabundear... Aunque no hagamos nada en todo el santo día, de todos modos es una actividad, pues siempre habrá variaciones de todo tipo en horarios determinados, como la hora de desayunar, almorzar, bañarse, ver tv., etc. Cada vez que cumplimos estas actividades dentro del caminar del sol y su sombra en el suelo (recuérdese que los primeros relojes fueron la proyección de la sombra del sol), nuestro confundido cerebro siente que ha transcurrido el tiempo. Ese acto repetitivo de ver amaneceres y ocasos (rotaciones), incrustados dentro de afelios y perihelios (traslaciones), nos hace creer aún más en el caminar del falso tiempo. Todo es un simple ciclo de nuestra roca, independiente a cualquier suceso o actividad diaria. Y si le agregamos expresiones como ¡Buenos días!, ¡buenas noches!, ¡lindo amanecer!, nos hace sentir la noción del tiempo. 

     2. El movimiento. Todo es movimiento, y el movimiento es trasformación. Los movimientos de los astros, el crecimiento de una planta, el caminar de una hormiga y el vuelo de una mariposa, el nacimiento de dos placas tectónicas, el crecimiento del cabello y asentamiento de una arruga, el parpadeo de un bebé, un cernidillo, el bostezo de un holgazán… Esa es la realidad, estamos rodeados de entornos móviles, todo lo que presenciamos es el deterioro de la materia en general mientras la Tierra da vueltas. Y como todo en el universo no se pierde sino que se recicla, básicamente lo que presenciamos es el reciclaje y trasformación de la materia, y no el caminar del perezoso tiempo.

     Vemos el paso del sol de este a oeste, pero la realidad es que el está «estático», lo que gira es la Tierra sobre su propio eje y pareciese que se mueve en nuestro cielo. En todo caso, es un fenómeno natural de todos los días. Sin los movimientos de la Tierra no sentiríamos el pasado o futuro, solo sentiríamos el presente. Veríamos estático al sol y las estrellas, en una zona tendríamos una eterna noche y en otra un eterno día, nada de amaneceres y años nuevos que festejar. Nunca sabríamos cuando comienza y concluye un nuevo ciclo. Pero la evolución y toda la transformación de la materia seguirá su ritmo normal, los arboles seguirán creciendo, creciendo al nuevo ritmo que impongan los movimientos de la Tierra, esto porque habrá una sola noche y un solo día.

     Todo se altera, siempre hay variación a nuestro alrededor y en nuestro ser mientras la Tierra se mueve entre amaneceres y ocasos. Se altera el movimiento de los ciclos de las esferas celestes, y asimismo los movimientos de los seres vivos e inertes. Toda generación ve crecer una planta, secarse un río, crecer una montaña, nacer una isla, crecer un hijo, crecemos nosotros, se nos cuartea la piel, vemos envejecer a nuestros padres, oxidarse nuestras ventanas, enfrentamos competencias deportivas, etc. Todas las cosas en el mundo sucede bajo el marco de la observancia de rotaciones y traslaciones, adornadas por eventos naturales como la evolución y el deterioro de todo ser vivo e inerte; también adornadas por eventos sociales, como cumplir nuestras metas en la vida. Esta mezcla de ciclos y sucesos nos hacen sentir el tiempo transpirar en nuestra piel. Nuestro cerebro no está adaptado para percibir todos los movimientos celestes, tanto cotidianos y los que ocurren fuera de nuestro planeta. Se le hace difícil enlazar y unificar esos movimientos. Lo cierto es que todo ocurre en simultánea entre los giros terrestres y los procesos evolutivos naturales y sociales. Son tres movimientos que el cerebro tiene que interpretar: Los movimientos celestes (rotaciones y traslaciones, los movimientos evolutivos (nacer, crecer…), y los movimientos sociales (estudiar, trabajar, jugar…). Y el asunto a donde quiero llegar es que vivimos en constante movimiento, por tanto, siempre va existir una variación que contar con el reloj, desde el parpadeo de nuestros ojos hasta el nacimiento de una galaxia. Siendo así, nuestro cerebro procesa estos tres movimientos como un todo, haciéndonos sentir la noción del tiempo como algo real.

     Si cumplimos un año más de vida es porque nuestra gran roca giratoria en el espacio ha terminado y comenzado un ciclo, paralelamente en ese movimiento hubo un cambio leve en nuestra complexión y en la de los demás seres, tanto vivos como inertes. Todo dentro de un marco evolutivo y social, lo cual engaña a nuestro confundido cerebro y nos hace pensar que nos volvemos viejos cada vez que la Tierra cumple con un movimiento natural. Cada ser vivo está fusionado a un desarrollo biológico, mas no al tiempo.   

3. El color del cielo. Gran entorno móvil. Se desprende del aspecto anterior, que es el movimiento terrestre. Pues para más confusión a nuestro raciocinio: la posición o recorrido del sol hace cambiar el color del cielo y del paisaje terrestre. Tenemos el día de 24 horas adornado de distintos colores, así: auroras rosadas, mediodías azules, atardeceres anaranjados y noches oscuras. A estos colores le dimos el nombre de: mañana, mediodía, tarde y noche. Ver pasar estos colores del cielo lleva intrínseco el falso paso del tiempo.    

     Lo anterior es un bello fenómeno natural que nos hace sentir el tiempo. Se presenta porque los rayos del sol caen con diferente fuerza a la superficie de la Tierra mientras esta gira.  Entonces podemos decir que el horizonte condiciona al sol, razón por la cual vemos un mediodía con cielo azul, pues el sol está ubicado a una gran distancia del horizonte y está completo en el cielo y sus rayos caen directamente. Vemos amaneceres y atardeceres rojos o naranjas, porque el horizonte parte por la mitad al sol, esto hace que este se halle incompleto en el cielo y sus rayos no caigan directamente a la Tierra. El sol esta cerquita del horizonte y este le quita brillo, formando así los crepúsculos, en donde estos colores rojizos y anaranjados sobresalen siempre. Y, por supuesto, vemos una noche oscura, por la ausencia del sol, el horizonte se lo tragó.

     Estos cambios rápidos y continuos del color del paisaje engañan más a nuestro confundido cerebro y hacen palpitar el falso tiempo. Cuando es de mañana nace el concepto de temprano, pues lo relacionamos con el sol saliendo entre dos montañas, pues todos hicimos esos dibujitos de soles y montañitas en la escuela. Y el concepto de tarde nace cuando el cielo azul vacía sus estrellas en el firmamento, la noche oscura nos indica que ya es muy tarde, y hay que dormir porque tenemos que madrugar para ir a laborar o ir a la escuela en el siguiente amanecer. Todo esto no es más que un ciclo que termina y otro que llega.

     Por lo demás, el concepto de «tarde y temprano» depende de las actividades y afanes de cada persona, se puede ser muy temprano en la noche, y muy tarde en la mañana, o viceversa. «No por mucho madrugar se amanece más temprano», dice el dicho.

    En realidad lo que acontece es el cumplimiento de algo natural, una simple vuelta (o fracción) de nuestro eje terrestre: el día, noche y un nuevo día, auroras y atardeceres. Cuando un ciclo de rotación terrestre llega a su fin, o una mañana da senda al mediodía, igualmente pensamos que el tiempo a trascurrido, aunque no muy rápido. No obstante, cada ser vivo e inerte se deteriora en una pequeña fracción cada día, pero no percibimos esa variación, sino cuando hayamos acumulado muchas rotaciones.

     Cumplimos eventos biológicos dentro de un ciclo natural terrestre y los colores que nos imponen en el cielo. De igual forma efectuamos compromisos sociales, casi repetitivos todos los días, los cuales están muy ligados a nuestro ser, como lo hemos mencionado antes: ir al colegio o ir trabajar cada vez que nazca el sol con sus nubes anaranjadas, y regresar a nuestros hogares cada vez que el cielo pase de azul a naranja, e irnos a descansar cuando se asome un cachito de luna. Tenemos pegado en nuestra frente conceptos falsos como si fuesen algo real, estos son el presente, el pasado y el futuro. Es una difícil tarea deshacer esta falsa realidad de nuestro raciocinio cuando se aproxima las seis de la tarde, hora de salir del trabajo. En este ejemplo estamos deseando un futuro que no existe, visto que es el final de algo normal y natural como lo es un ciclo de rotación, simplemente el sol se está ocultando y dando paso al cielo oscuro. Y si al regresar a casa, nuestra madre, mujer o hijos nos pregunta cómo nos fue en el día, al dar respuesta les estaremos comentando de un pasado que nunca existió. Todo esto no es más que un evento natural como lo es el inicio de un nuevo ciclo de rotación y la puesta de nuestro sol pincelando el cielo en distintos colores en su caminar, junto a un evento social como es el hecho de interactuar con los demás, en este caso trabajar o ir al colegio.

     La especialización del trabajo impuso horarios que tenemos que cumplir, tareas que ejecutamos en ocho horas, y ese fragmento de rotación tampoco lo procesa nuestro cerebro, ya que este solo procesa con «tristeza» la hora de entrar a trabajar y con «alegría» la hora de salida. Y la alegría y tristeza son conceptos abstractos, intangibles, dos emociones de nuestro organismo que hacen parte de la vida y evolución del hombre, y en nada tienen que ver con el movimiento de la Tierra.

     Al considerar la mañana y su cielo rosado como el inicio del día, de inmediato pensamos en la noche oscura como un futuro cercano; y cuando estemos en la penumbra de la noche, de inmediato pensamos en el nuevo amanecer como otro futuro cercano, y así sucesivamente. Y si a estas divisiones de colores del día la envolvemos nuevamente con estas expresiones acarameladas: ¡Buenos días! ¡Se fue la mañana! ¡Buenas tarde! ¡Buenas noches! ¡Mañana será un nuevo día! etc.; por supuesto, engañan más a nuestra mente. Nuestro cerebro no está diseñado para comprender esto cada día y en cada momento. Esta es una de las tantas razones del porqué tenemos la noción del pasado, del presente y del futuro cuando en realidad nuestro barco está anclado en un solo presente.

3. Las estaciones del año. El clima es otro entorno móvil, otro factor que nos hace sentir el tiempo como una suave brisa acariciando nuestra piel, en el caso particular las estaciones del año. Aquí observamos que es el ambiente natural el encargado de hacer que un simple movimiento terrestre sea un gran suceso mundial. El clima cambia continuamente en el trascurso del giro de la Tierra al sol, debido a que sus rayos caen de manera diferente en la Tierra durante este recorrido, esto a razón de la inclinación terrestre de 23,5° en el plano orbital. Con estas condiciones en cada ciclo se agita el clima, el cual a la vez hace cambiar el paisaje de la naturaleza en cuatro estaciones que son la primavera, verano, otoño e invierno. Estas etapas son extremadamente diferentes entre sí: mucho sol, mucha nieve, flores abundantes, arboles desplumados, hojas verdes y secas, fuertes vientos, lluvia y sequia; días solares largos y noches cortas en el norte, y en el sur noches largas y días cortos, luego se invierte el fenómeno en los polos; equinoccios y solsticio. Con estos entornos móviles vemos pasar paisajes extremos uno tras otro mientras la Tierra cumple con sus movimientos naturales, y esos repetitivos cambios de paisajes engañan nuestra vista y, por supuesto, a nuestro cerebro, esto nos hace pensar que lo que se mueve es el tiempo y no el ciclo climático dentro de los ciclos terrestres.

     Los cambios de colores del día mezclado al cambio del paisaje de las estaciones son información confusa para nuestro cerebro, a este le es muy difícil procesar que lo que acontece son unos ciclos climáticos y de colores del cielo dentro de dos ciclos de movimientos terrestres.

     Pero, ¿Qué hay de los en lugares aledaños a la línea ecuatorial, donde no existen las estaciones? En el centro de la Tierra cae el sol rectamente durante el año, si bien no experimentamos las estaciones o los cuatro cambios de paisajes en el año sentimos un leve coletazo de estos. Solo tenemos dos estaciones del año (por decirlo de alguna manera): verano e invierno; pero también los campos florecen, y caen las hojas secas de los arboles. Y es que la inclinación de 23.5° de la Tierra aplica para todo el planeta, y eso lo notamos a simple vista, pues el sol no nace en todo el «centro» del este durante el año: en un periodo nace un poco hacía el noreste; y otro, por el noroeste. Por todo ello, los que estamos ubicados cerca de la línea ecuatorial también sentimos, aunque en menor medida, noches largas y cortas durante el año, y por supuesto, también días largos y cortos. Los fuertes vientos en cierta temporada nos hace sentir «un mini otoño», aquí vemos caer las hojas de sus árboles; también en alguna parte del año experimentamos una «mini primavera», aquí vemos a los arboles inundarse de flores; y por supuesto, sus «megas» inviernos y veranos.

     Y si a esto le añadimos que las estaciones del año inciden en el estado de ánimo de muchas personas, pues es la época de las flores y las flores sinónimo de amor, por tanto, nos  sentimos románticos; y el verano es sinónimo de sol y playa, de vacaciones, de alegría. Y con solo hablar de esperar una de estas etapas, de inmediato se nos viene a la cabeza el tiempo futuro. Además, estas estaciones están aderezadas con intrínsecas expresiones: ¡Llegaron las flores de primavera! ¡El próximo verano pasaré vacaciones en el Caribe! ¡A protegernos como la cigarra por la llegada de la nieve!, etc. Dichas expresiones enredan cada vez más nuestra mente.

3. Misceláneas de apariencias. Como si fuese poco, nuestro atiborrado cerebro es bombardeado por muchas apariencias, las cuales también nos hacen sentir el tiempo de lo intangible a lo real. Estos factores son: la música, la moda, la tecnología, los aromas, comidas, además de otros. Dichos factores nos sumergen de inmediato al falso pasado, a la apariencia del recuerdo y a todo el anecdotario de nuestras vidas. Recordamos nuestra niñez al escuchar una canción vieja, al ver una foto de nuestra infancia, al oler un perfume o un guisado; y ante estos ambientes creeremos que el tiempo ha perdurado. Lo mismo nos sucede cuando vemos una película en blanco y negro, como las de Chaplin o Cantinflas. Pues si a estas películas la enfrentamos al color de nuestro cine moderno, a la nueva tecnología como el internet, a twitter o instagram, a la moda actual y a todos los nuevos ritmos musicales: nos confundimos y de igual manera creemos que el tiempo ha transcurrido.

     Los factores en mención nos confunden y nos dan apariencia del tiempo, y en realidad es la superioridad de una civilización sobre la anterior, una variación de la tecnología, paralelamente con los ciclos terrestres y evolutivos.

     Nos volvemos nostálgicos al recordar nuestra etapa de niñez y juventud, pero en el fondo estas etapas de la vida son un proceso biológico natural que sucede con el conteo de los ciclos de la Tierra o sin ellos. No sentimos inmediatamente esa variación de nuestro deterioro físico ni la de los demás individuos; tampoco sentimos la trasformación y deterioro de la materia que nos rodea. Notamos que ha pasado cierta cantidad de ciclos terrestres cuando vemos una fotografía nuestra de hace algunos años, o de cualquier persona, podría ser un actor de cine, por ejemplo. Del mismo modo sentimos el paso del tiempo con el cambio de tecnología, con el pasar de la moda, etc. Por todo ello, conceptuamos que el tiempo ha pasado, pero en realidad estamos en el mismo presente de los dinosaurios, del día en que Jesús colocó un pie sobre la Tierra, de la edad media, del primer paso en la luna, y del primer diente de leche en nuestras vidas. Estamos en el mismo tiempo de nuestro nacimiento y de nuestra muerte; estamos anclados en un solo presente aderezado de emociones y apariencias, de cambios de paisajes y colores del cielo, y del cambio de tecnología, moda y otros aspectos.

     Recordar es una emoción que activa sucesos guardados en nuestra memoria, sucesos dados en un determinado ciclo terrestre. Recordar no es un movimiento o variación, es algo abstracto, es algo de nuestro organismo evolutivo, y todo aspecto de nuestro organismo es independiente a cualquier ciclo terrestre. El pasado lo asumimos como un recuerdo de toda trasformación de nuestro cuerpo y de la materia que nos rodea, y de todos los eventos sociales ocurridos o vividos en esa trasformación.   

     Si abrimos el álbum de nuestra historia y le echamos un vistazo a una de las tantas fotografías allí guardadas, notaremos la conjugación de todas las apariencias señaladas. Por ejemplo, al mirar una imagen de cuando éramos niños, la típica foto posando juiciosamente con nuestra familia, y al observarla de inmediato se activa nuestro sentimiento del recuerdo acumulado en nuestra memoria, la reminiscencia de nuestra infancia. Y si dicha fotografía es en blanco y negro, este hecho también nos hace creer que el tiempo ha pasado mucho más; pues en plena época del selfie se nos hace lejana toda la tecnología anterior, porque estamos hablando de imágenes del siglo anterior, y todo se nos hace muy jurasico. Pero la realidad es que simplemente hubo un cambio, una variación de desarrollo tecnológico, pasamos del blanco y negro al color actual. Todo lo anterior no es más que un trabajo evolutivo de la inteligencia humana, de una generación sobre otra dentro del curso normal de movimientos terrestres. También en el papel de la foto interviene un fenómeno de la naturaleza como la acción del aire, el aire deteriora la calidad del papel fotográfico dándole así un aspecto amarillento. La tinta del papel se palidece: otra variación. Al pasar el papel por muchas manos se dobla o se rotura, le da un aspecto más añejo y romántico. Además al añadirle la moda, el corte de pelo y la ropa que lucíamos en esa vieja fotografía nos hace sentir más el falso caminar del tiempo. En todo caso, tanto el papel como todas las personas que aparecen en la fotografía se han deteriorados por eventos naturales, y no por el movimiento terrestre. En la fotografía éramos niños o jovencitos con melena extensa, nuestro proceso biológico que llevamos intrínseco en nuestros genes hizo que creciéramos, que perdiéramos la melena y que nuestra piel se agrietase. Y si al mirar esa fotografía recordamos la música que estuvo de moda en esa época derramaríamos un par de lágrimas al recordar nuestra infancia, y las anécdotas de nuestros abuelos que ya nos dejaron.

     En el mismo presente queremos inútilmente que la Tierra gire al revés para volver a nuestra infancia. En vano también deseamos que el planeta acelere para salir de vacaciones al Caribe, pero lo que hacemos es mezclar nuestro deseo con los movimientos terrestres.

     Y es verdad, dentro de un presente deseamos que la fecha de vacaciones llegue pronto. Al llegar el día y la hora, y disfrutamos las anheladas vacaciones, a la larga seguimos estando en el mismo presente de cuando deseamos ese evento, pues lo que se ha movido fueron los ciclos terrestres. Lo único cierto es que hubo una mudanza de paisajes o de estaciones (de primavera a verano), de amaneceres y ocasos. Y al finalizar las vacaciones y entremos a laboral seguimos en el mismo presente de cuando deseamos las vacaciones y el disfrute de las mismas, de nuevo hubo otro cambio de paisaje natural (de verano a primavera), y cambios rotacionales. Cualquier turista y su familia que haya disfrutado ese fragmento de vacaciones envejecieron un poco, lo que envejece toda persona en un mes, con o sin estaciones. Al transcurrir diez años, desde luego, se encontraran en otro paisaje, y al abrir ese álbum titulado: Vacaciones por el Caribe, estarán diez años más viejo, recordaran un presente al ver cada fotografía, y, tal vez, anhelando que la Tierra acelere sus movimientos para disfrutar otras vacaciones. Se recordará la fecha de vacaciones, pues habrá registro en videos y fotos. En esos registros fílmicos y fotográficos el turista y su familia observará su evidente deterioro físico.  

     Confundimos un sentimiento orgánico (de sentimientos y emociones) con algo totalmente independiente como lo es el ciclo terrestre. En realidad solo recordamos un eterno presente atornillado sobre un conteo de rotaciones y traslaciones.

     No es fácil dilucidar la relación del individuo con todo su entorno social y evolutivo mientras la Tierra da vueltas y vueltas, colocar cada aspecto por separado es muy dificultoso. Reconocemos y sentimos muy bien las fases biológicas de todos los individuos, además de estar bien explicadas en todos los libros de biología elemental, como: nacer, crecer, reproducirse y morir; pero no reconocemos que estas fases suceden independientemente con los ciclos del planeta.

     Nuestros sentimientos o recuerdos hacen parte de nuestro sistema biológico, alojados en alguna parte del cerebro. Cada vez que abrimos el álbum de nuestras anécdotas se activa la apariencia del pasado, del recuerdo, y nos hace suponer que el tiempo ha marchado. Por el contrario, cuando tenemos una invitación a un evento o fiesta para cierta fecha, digamos un concierto musical o la conmemoración de los próximos juegos olímpicos, en estos ejemplos anhelamos que finalicen cuatro ciclos de la Tierra para disfrutar del acontecimiento. Se nos activa la apariencia del futuro, ansiamos escribir o colocar una imagen en ese álbum que aún no ha llegado; a la larga, cuando llegue la fecha anhelada, en realidad lo que se coloca allí son eternos acontecimientos presentes.

     Un árbol brota de una semilla, crece y da frutos, de sus frutos nace una semilla que igualmente reproduce un nuevo árbol, luego se marchita, de la siguiente semilla brota otro árbol, y así sucesivamente: retahíla inquebrantable de la naturaleza. En este ejemplo, todo hace parte de una evolución natural de la planta, transcurrido en un solo presente, tanto aquí en la Tierra como en la última esquina del universo. Lo mismo sucede con nosotros los seres humanos, nacemos, crecemos, damos fruto a una nueva vida, de ese fruto brota otro fruto, luego nos marchitamos, así sucesivamente. Pero a diferencia de los arboles en este proceso natural, es que ellos no poseen recuerdos, no conmemoran eventos; nosotros somos su memoria, y al verlas crecer, florecer y salirle hongos en sus tallos pensamos que el tiempo ha trascurrido. Somos conscientes cuando vemos crecer a nuestros hijos y marchitarse nuestra piel, marchitarse una flor, oxidarse una lámina de hierro, etc., y pareciese que vemos correr el aparente tiempo en el reflejo que deja la trasformación de la materia.

5. Factores psicológicos. Todos hemos sentido alguna vez que el tiempo marchase menos o más de prisa en alguna situación o evento de nuestras vidas. Pareciese que trascurriera lento: al ver una serie de tv. aburrida, el estar en una clase que no nos interesa, ver un partido de futbol de dos equipos mediocres, ir dentro de un vehículo que marche lento, entre otros ejemplos cotidianos. Contrario a lo dicho, el falso tiempo parece transcurrir más de prisa: al ver una serie de tv. que nos gusta, cuando disfrutamos de nuestras vacaciones, ir dentro de un vehículo que marcha de prisa, estar con la persona que queremos, ver un partido de futbol del equipo del cual somos hinchas, entre muchos casos. En este último ejemplo ocurre algo particular, cuando nuestro equipo va ganando la contienda deportiva por un estrecho marcador, y faltan diez minutos para que concluya el juego, aquí sentimos que el tiempo trascurre lentamente, pareciese que esos diez minutos nunca se acaban; pero cuando va perdiendo nuestro equipo, también por la misma diferencia, y faltan la misma cantidad de minutos, y deseamos que empate, sentimos que el tiempo trascurre de prisa. Un ejemplo muy clásico es el minuto de duración de un terremoto, pero  para los afectados «dura una eternidad».

     En estos eventos juegan un papel importante las emociones naturales del ser humano, como lo son el deleite, el aburrimiento, el deseo, las ansias, la esperanza, el afán, además de otras. Y todo sentimiento son emociones, aunque sea un aspecto biológico son intangibles, por tanto, independientes a los movimientos de la Tierra en el espacio.   

     El anhelo o el ansia de esperar algo o un futuro, de que el tiempo trascurra rápido, tiene un efecto contrario a lo que deseamos. Pareciese que las ansias le diesen señales a nuestro cerebro a que el tiempo trascurra lentamente. Deseamos que una pésima película finalice pronto, porque quizás esperamos otra mejor, y esta situación de esperar nos aburre; anhelamos que un malísimo partido de futbol por tv. concluya lo más pronto, porque al hacerlo la tv. trasmitirá Madrid vs. Barcelona, y al desarrollarse ese clásico deportivo sentiremos el tiempo ir de prisa. La misma hora de una película aburrida es la misma de una excelente, no hubo alteraciones del tiempo, simplemente lo que hubo fue una alteración de ánimos, pasamos del aburrimiento a la alegría, y viceversa. Nuestra ansiedad, el deleite o el aburrimiento hacen que todo evento nos parezca rápido o lento.

     Otro aspecto psicológico lo encontramos al recordar nuestra infancia. Aquí ocurre una particularidad especial, porque al saltar a nuestros recuerdos de niño notamos en nuestra memoria mucho espacio borrado. La razón a esto es que tenemos una nula cronología de nuestros recuerdos, y estos están muy desordenados. Existen muchos saltos en cada recuerdo, y esos espacios borrados nos suponen mucho tiempo. Ese es el motivo por el cual cuando recordamos esa primera y bonita etapa de nuestra vida, incluso si la recordamos siendo un adolescente todavía la sentimos como algo muy lejano, a pesar de que nuestra niñez estuvo a la vuelta de la esquina cuando somos adolescentes. En mi caso particular, soy modelo 69, por tanto, mi infancia trascurrió en los años setenta, época de la transición de la tv. y fotografía en blanco y negro al color. Cuando llegué a la adolescencia y recordé mi niñez me pareció que transcurrió mucho tiempo en esos años de infancia, aún siendo adulto siento haber vivido mucho tiempo cuando niño. Pero de seguro, para otros observadores, en este caso para mis padres, el tiempo pasó volando, me vieron crecer de prisa.  

     La niñez es una etapa corta, de diez o doce años, y los adultos ven crecer a sus niños rápidamente, pues esa cantidad de años para nuestra percepción adulta es un tiempo breve; pero al experimentarla nos parece larga. Cuando recordamos esos años de inocencia pareciese que hubiese pasado mucho tiempo, la razón de esto es porque no podemos recordar todo, hay un tiempo borrado que al parecer nos parece muy largo. Solo recordamos buenos y malos momentos, y pequeños chispazos de anecdotarios dentro de un inmenso mar de olvido, como consecuencia se nos hace imposible llenar ese mar con experiencias vividas. Mientras nuestra vida camina, más y más, ese mar de tiempo olvidado, sigue siendo más inmenso para nosotros.

     En nuestra niñez no percibíamos el caminar del tiempo, pues en ese momento no teníamos una consciencia clara de lo que ocurría a nuestro alrededor. Notamos el tiempo cuando vivimos nuestra juventud y adultez, por supuesto. Recordamos más cantidad de hechos vividos en las etapas posteriores a la niñez y en fechas más precisas. Y así es, los adultos recordamos hechos de nuestra etapa y de nuestra juventud con mayor precisión que a la de nuestra niñez, cronológicamente recordamos un tiempo exacto. Pues ese mar está más copado de recuerdos, y más organizado en cuanto a fechas se refiere. Somos más conscientes de nuestro mundo, de nuestros deberes, de nuestra vida social, de nuestro cuerpo, de nuestros problemas, etc., por ende, somos conscientes de todo nuestro anecdotario.

     Nuestras vivencias personales en las distintas etapas de nuestras vidas personal las corroboran los archivos familiares, tanto fotográficos y audiovisuales. Y todo recuerdo de nuestro entorno, es decir, toda noticia de la comunidad y del mundo son corroboradas por los medios de comunicación y los libros de historia. De esta manera somos conscientes de la cantidad de años trascurridos, y pareciese que los años corren más de prisa en nuestra vida adulta. Pero en realidad diez o doce años en nuestra niñez o en nuestra juventud o en nuestra adultez siempre serán los mismos diez o doce ciclos de la Tierra dando vueltas al sol. El periodo de traslación tiene la misma duración para todas las etapas de la vida, aunque así no lo sintamos.

     Por lo demás, nunca sabremos lo que piensa un niño en su momento de vivir su etapa, quizás perciba que todo trascurre lento, esto por la ansiedad de crecer y ser gigantes como sus padres, de este modo alcanzar las galletas que están sobre la mesa, o asomarse por la ventana, etc. En nuestra infancia vivíamos en un mundo de gigantes, dado que todo nuestro entorno era de «gente gigante, mascotas gigantes, casas gigantes, árboles gigantes...». Siendo adulto percibimos como si nuestra niñez hubiese trascurrido lentamente, pues recordamos una etapa de gigantes, nos sentíamos muy pequeños dentro de la grandeza, y cuando nos sentimos pequeños ante la materia hasta el tiempo nos parece inmenso.

     Señalamos que en nuestra vida adulta pareciese que el tiempo transcurriese más de prisa, esto también porque los afanes de la vida nos mantienen muy ocupados, y estamos bombardeados de constante información que recibimos en cada minuto. Además, es ineludible que estando en la etapa adulta somos consciente de que nos acercamos a la última etapa de nuestras vidas: la vejez. Contrario a nuestra niñez, en la cual queríamos crecer de prisa, aquí queremos hacernos jóvenes, paralizar el tiempo. Esta acción de querer detener el tiempo, le da un mensaje inverso a nuestro cerebro, siendo así sentimos el tiempo correr más de prisa cuando se acerca el momento de colocarnos la inexorable «piyama de madera».

     Y como si fuese poco, si a todos estos enredos le añadimos otro factor psicológico, otra complejidad para engañar más a nuestro cerebro, como lo es la ansiedad de estar pendiente de la hora en nuestro reloj a cada momento. Esta particularidad no ocurre con la cinta métrica, pues no andamos con una cinta métrica de pulsera midiendo a cada momento un árbol o una pared, o con un termómetro midiendo la temperatura ambiental o corporal a cada momento. Pero con mucha frecuencia estamos viendo nuestro reloj para saber si ya está por terminar la hora de clases, si ya es la hora del almuerzo, o si ya es la hora de la telenovela, etc. Y si le añadimos estas expresiones: ¡Se me hace tarde! ¡Voy a llegar tarde! ¡Ya es la hora de salir! ¡Es muy temprano! entre otras. Son expresiones arraigadas en la mente para crear una falsa realidad del tiempo.

     El anhelo es otro aspecto psicológico. Es preciso recordar, una vez más, que tanto los eventos sociales como los naturales de los seres vivos e inertes acontecen en simultánea con los movimientos cíclicos de la Tierra. Nos da la noción de tiempo toda esta compleja mezcla de amaneceres y ocasos con el proceso biológico, con el deterioro de la materia, y la vida social de todo individuo.  Todo evento natural y social tiene una variación por muy minúscula que sea. Sentimos aparentemente la existencia del tiempo presente cuando comienza un nuevo ciclo; el pasado cuando un ciclo llega a su fin y comienza otro; y anhelamos un futuro cuando esperamos que un ciclo llegue a su fin. Al anhelar el fin de un movimiento terrestre (final del año), todas las conexiones de nuestro cerebro convierten ese presente en un inexistente futuro. Y cuando el ciclo llega a su fin y comienza otro, esas mismas conexiones convierten ese mismo presente en un inexistente pasado (pasó el año). Pero lo cierto es que solo existe el tiempo presente, desde allí anhelamos y recordamos; y estos dos aspectos de anhelar y recordar son solo emociones, algo biológico e intangible, del ser humano.

     Nuestra mente anhela que llegue un ciclo o varios ciclos terrestres a la vez (que pasen los días, meses y años rápidamente), esto según el afán de cada persona. Anhelamos un futuro pronto (que llegue un solo ciclo) cuando deseamos un nuevo amanecer; o un futuro lejano (que pasen varios ciclos para llegar al ciclo que deseamos) cuando deseamos que desfilen varios amaneceres para que llegue otro mes y otro año. Contrario al anhelo del futuro o al anhelo de nuevos ciclos, al pasar esos ciclos que deseamos en algún momento, sentimos nostalgia por ello. Recordamos un pasado reciente (un ciclo), un ayer, y un pasado lejano (pasaron varios ciclos), varios ayeres.   

    Lo único claro es que estamos en un solo hoy, añoramos ese hoy, esperamos un mañana y nos llega el mismo hoy. El presente no ha dado ni un solo pinito a la eternidad. Estamos atornillados en un eterno presente girando sobre una roca gigante, donde el reloj solo contabiliza las vueltas de dicha roca, y por supuesto, cada variación de los eventos que allí se cumplan. Mientras esperamos el comienzo o final de un ciclo estamos siempre estacionados en un presente, visto que toda la trasformación de la materia se da con o sin los giros terrestres.

6. La mezcla de ciclos terrestres, naturales y sociales. Ya tratamos un poco este tema, pero valga recordar que la falsedad del tiempo se rige por los ciclos terrestres actuando en simultánea a la transformación de la materia, a los eventos sociales y a la evolución de los seres vivos. Pero si viviésemos en un mundo plano no tendríamos la noción del tiempo tan marcada como la tenemos en nuestro mundo redondo. En un mundo plano todo sería poco dinámico, muy monótono con un solo paisaje, un solo clima o estación, un solo amanecer o un solo ocaso, sin años nuevos, sin cumpleaños, etc. Desde luego, no sobreviviríamos con el sol postrado de forma indefinida en la superficie de la Tierra; o por el contrario, tampoco sobreviviríamos en un mundo congelado por la ausencia de este. Pero en caso tal que sirva como ejemplo, si la humanidad sobrevive a esas condiciones de vida confirmaríamos que existimos en un solo presente, pues no tendríamos días y años que contar. No anhelaríamos que un ciclo llegase de prisa o recordáramos su paso, es decir, el concepto de pasado y futuro desaparecen. No veríamos pasar primaveras ni veranos, tampoco auroras ni puestas del sol; no festejaríamos años nuevos ni sabríamos nuestro cumpleaños. Pero aquí sí veríamos la trasformación y nuestro deterioro físico, la trasformación de la materia y todo nuestro entorno; pero seremos conscientes que el tiempo pasa.

     Nuestros antepasados desconocían que se hallaban sobre un mundo redondo, claro, se imaginaban un mundo plano. Veían pasar el sol y las estrellas, las constelaciones, la luna y todas sus fases. De allí sus calendarios. No eran conscientes de los giros terrestres aunque experimentaban amaneceres, atardeceres y anocheceres, primavera y veranos. A pesar de su desconocimientos de la rotación y traslación terrestre sentían la noción del tiempo, aunque no comprendían que los astros se movían gracias a dichos movimientos, por lo tanto, desde su perspectiva vivían en un mundo plano sobre bases móviles.

6. Períodos de cosechas y eventos culturales. En determinadas épocas del año, el suelo fértil proporciona mayor bonanza de productos agrícolas. Algo tan natural como lo es el germinar el fruto de una semilla, en cantidades mayores en un determinado mes: nos da la noción del tiempo. En nuestro entorno el mes de mayo es fructífero para el mango y la ciruela, esto debido a muchos factores, el principal las lluvias de abril. En todo el mundo existen más cosechas de cualquier producto agrícola en un determinado mes, de ello depende su economía, incluso, se celebran fiestas a su nombre, la más popular la fiesta de la Tomatina en España. Ver pasar estas cosechas en abundancia nos hace sentir el caminar del falso tiempo.

     Pero no solo las fiestas de la cosechas, al igual, las fiestas que realizan los pueblos cada año conmemorando un patrón religioso o una fiesta pagana, un festival de música o reinado, una fiesta deportiva o cualquier otra nos sumerge en la idea de que el tiempo ha dado un paso a la eternidad.    

8. El deterioro y la transformación de la materia. Hemos abarcado en gran medida este tema en este ensayo, pero por supuesto que hace parte de la apertura del falso tiempo. Sin alargarnos mucho, simplemente al tomar una rebanada de pan y observar su enmohecimiento, de inmediato creemos que ha habido variación del tiempo. «El pan esta viejo», pensamos, pero simplemente es un proceso químico, ya que el pan, así como hace parte de nuestro alimento, también es alimento para otros organismos, como los hongos. La oxidación de las rejas de nuestra ventana por acción del aire, los arboles podridos, nuestras arrugas son otros ejemplos.

8. La suciedad. Las casas abandonadas nos dan la sensación de que haya transcurrido muchos años. La falta de mantenimiento hace que allí se asienten animales descomponedores como son los insectos, pulgas y otros parásitos. Entre las más comunes tenemos las hormigas y termitas, las cuales deterioran la madera dándole aspecto añejo a cualquier sitio. Del mismo modo los roedores destruyen los muebles. Las arañas exhiben sus telarañas, el polvo se acumula en todos los rincones de la casa y la maleza no deja de crecer. La suma de todos estos factores nos da la idea de que el falso tiempo ha caminado en esa casa. Pero en realidad son eventos normales y cotidianos en una casa abandonada, sin ningún tipo de limpieza.

9. El regreso. Si Tarzan, el rey de la selva, llegase a la urbe, al hacerlo entrará en estado de shock con la civilización existente. ¡No llegó al futuro!, simplemente ese héroe no vio cómo se construyó ese futuro que transcurría en el mismo momento en que él estaba perdido en la selva. Al igual nos sucede cuando regresamos a nuestra ciudad después de mucho tiempo de ausencia, al regresar encontramos todo cambiado: el pequeño árbol de almendras de la plaza ya proporciona su grande sombra, se envejeció el joven lustrabotas de la misma plaza, la casa donde estaba el teléfono público (de monedas) fue reemplazada por un café internet, etc. Todos fueron acontecimientos normales, como el crecimiento del árbol de almendras, el cual nos hace ver el caminar del falso tiempo. Lo mismo sucede al dejar de ver a una persona por muchos años, al reencontrarnos con ellos nos parecerá que el tiempo ha pasado, pero para ellos. En efecto, lo que hubo fue un proceso natural de crecimiento y envejecimiento, no atribuidos a los años o ciclos.

     En resumen, todo en el universo es movimiento, y no solo el de los astros.  Al crecer una planta existe un movimiento, tanto de la raíz como el de su tallo que busca la luz del sol. Lo mismo al nacer un volcán o una montaña, el nacimiento de un nuevo cauce del río, el crecimiento de cualquier ser vivo, etc. Si desligamos o separamos estos movimientos, es decir, sin la existencia de los giros de la Tierra en el espacio, veríamos los movimientos de los ejemplos anteriores sin amaneceres y ocasos: no obstante, sin la percepción de que el tiempo camina, o caminaría en un mismo presente, sin esperar un mañana y recordar un pasado. Nuestro cerebro así lo comprendería.

     Sentimos el correr del tiempo, tenemos noción de él gracias a los diferentes factores externos que hemos indicado, como lo son festejar con alegría el final de un ciclo, ver nacer y ocultarse al sol, ver cambiar el paisaje de la Tierra gracias a las estaciones, la oxidación de las cosas, la transformación de la Tierra, la moda, la tecnología, la música, factores psicológicos, las cosechas, la suciedad. Sucesos desligados totalmente de todo proceso biológico, de los ciclos de la Tierra y del deterioro de esta.

     Desde mi punto de vista es importante para nuestra vida social que nuestro cerebro sea confundido y no comprenda para nada todos estos factores en mención. Es mejor para la vida tener noción del falso tiempo, que nos engañe, que este vaya ligado a nuestros sentimientos y recuerdos, que nos permita festejar cada ciclo, festejar cada cumpleaños o año nuevo,  sentir alegría por la llegada de la primavera. En cambio, sin la noción del tiempo el mundo sería un pronunciado bostezo.

Te invito al siguiente capitulo: Manipulación del tiempo. CLICK

 

    


6 nov 2020

¿ Existe el tiempo? ¿El tiempo se destruye? ¿Qué es el tiempo? ¿Se puede viajar en el tiempo? ¿Qué pasa si la tierra gira al revés? En este ensayo te lo explicamos con dibujitos y plastilina.

 

 Ensayo

El tiempo no da saltitos inútiles como peces en la red

Autor:

Roberto Carlos Gómez Sánchez 


      Capítulo 3.  El tiempo sí se crea y se destruye, y no se transforma


  De la frase célebre: «nada se crea ni se destruye, solo se transforma», se concluye que siempre existirán las magnitudes físicas en el universo. Ante este concepto siempre existirá una cinta métrica midiendo longitudes, porque las masas, tanto grandes como pequeñas, son reciclables y, por lógica, siempre existirán. Las masas albergan energía, se necesita medir dicha energía, como resultado apareció el termómetro y la noción de temperatura; se necesita una atmósfera para vivir en cualquier planeta, así que nació el barómetro y la percepción de presión atmosférica; necesitábamos medir los líquidos, entonces se estableció el litro y volumen; era necesario saber la próxima cosecha de tomates, brotó el reloj y el misterioso tiempo; además de otras magnitudes. Como apreciamos: siempre existirá el concepto de magnitud. Pero esa célebre frase tiene su excepción, dado que el tiempo sí se crea y se destruye, y no se transforma. Al ser el tiempo algo intangible, esa frase solo encajaría en lo referente a la materia. Como explicamos en el capitulo Principio y fin del binomio reloj-tiempo, para que germine el tiempo solo se necesita que un cuerpo celeste gire constantemente; y se destruye o llega a su fin si la masa dejase de girar. De todos modos en el universo siempre existirá la materia, la cual lleva intrínsecamente sus movimientos constantes en el espacio|, ante esto nos dará pie que el tiempo no nació y nunca tendrá fin. Por lo demás, nunca se podrá transformar el tiempo, no lo reducimos ni  lo alargamos.

     Existen diferencias muy marcadas entre el tiempo y las demás magnitudes, las cuales precisamos a continuación:

1. El tiempo es la única magnitud intangible. Un cuerpo puede aumentar o disminuir su masa, su temperatura, su volumen, sus movimientos en el espacio; mas no puede aumentar o disminuir el tiempo. Como lo hemos señalado en lo corrido del texto: «Nuestro sistema biológico es independiente a cualquier cambio de movimiento celeste; por lo tanto, si cambiasen los movimientos de la Tierra en el espacio, no rejuvenecemos ni envejecemos más de lo normal». Quiere decir que el tiempo no aumenta ni disminuye al acelerar o ralentizar los movimientos terrestres. Esto es debido a que el tiempo es la única magnitud física intangible, aunque su instrumento de medición, como lo es el reloj, no lo sea. Las otras magnitudes con sus respectivos instrumentos de mediciones son tangibles, las podemos palpar y partir en los pedazos que queramos, como por ejemplo: la cinta métrica que mide la longitud de un cuerpo, en este ejemplo a un árbol lo podemos cortar y disminuye su longitud; otro ejemplo es el termómetro y la temperatura, la báscula y el peso, etc.

     Ejemplifiquemos este asunto para quedar tranquilos. Al medir una pared contabilizamos su longitud con la cinta métrica, y si después le añadimos más ladrillos a la pared, claro, aumenta su longitud; pero ante este cambio de longitud no le añadimos ni un solo centímetro a la cinta métrica sino solo a la pared. Esto sucede porque ambos elementos son tangibles, lo podemos palpar a simple vista. Por el contrario, si la Tierra girase más de prisa en su eje de rotación, digamos que aumentase de 24 a 28 horas al día, en este caso necesariamente tendríamos que añadirle cuatro números al reloj o echarle más granitos al recipiente del reloj de arena, para que de este modo ajustemos las nuevas condiciones que nos impone el movimiento de rotación. Pero eso no significa que nosotros tengamos cambios repentinos, que mutemos de repente y nos hagamos más viejo o más joven; es decir, que nos transformemos para ajustar nuestras vidas a los cuatro númeritos que le añadimos al reloj (tiempo). Pero como también lo hemos expresado a lo largo de este ensayo: nuestro tiempo, nuestras vidas, cada evento natural y social, la trasformación de la materia, las variaciones de cada uno de estos eventos seguirían su curso normal. Por ningún motivo se le añadirían cuatro canas a la primavera.   

     En cuanto a este hecho, de que en el futuro tengamos que añadirle más números a nuestro reloj actual, no está lejos de la realidad. El ritmo de velocidad de los movimientos de los cuerpos celestes, el acelerar o desacelerar, dependen de la injerencia de otro astro. Estos fenómenos ocurren por las leyes de la gravitación universal de Isaac Newton. En nuestro caso, el planeta Tierra desacelera al alejarse nuestra luna, como lo dijimos al principio, esta se aleja cuatro cm por año. En este momento la Tierra desacelera, siendo una cifra muy pequeña que no alcanzamos a palparla en nuestros días; pero dentro de unos cuantos milenios será evidente, lo más seguro es que las aguas de los mares serán más tranquilas y no erosionarían las rocas, perduraran los continentes e islas; y los eclipses solares se parecerán a la figura de un ojo cósmico mirándonos, por tanto. Pero en lo concerniente a este ensayo, es que al alejarse la luna ejercería poca influencia gravitatoria sobre nuestro planeta, ante este fenómeno la Tierra ralentizará su movimiento de rotación, y en un futuro los días serán más largos. Como consecuencia tendríamos que añadirles números o granos de arena al reloj.

     Elucubremos al respecto. Supongamos que en el futuro la rotación de la Tierra llegase a 28 horas, obvio, tendríamos que ajustar un reloj a 28 horas: 14 horas para el día solar, y la misma cantidad para la noche. En este ejemplo el reloj quedaría con 14 palitos o números. Solo le agregamos cuatro horas al reloj; pero no le agregamos ni un solo segundo o minutos a nuestra evolución, y la futura generación no va envejecer más lentamente que la nuestra. Solo se amplió la duración del día terrestre, el desarrollo biológico de los individuos continúa dentro de las leyes naturales (anatómicas), ya que es un proceso inquebrantable.

     A medida que la luna se distancie más de nosotros, gradualmente tenemos que manipular el reloj con el avanzar de su lejanía (hasta el momento no se hace). Primero ajustamos los segundos, después minutos y por último las horas. Supongo que este ajuste ha de realizarse cada siglo, cuando la ralentización de la Tierra se haga notable, por el momento no lo es.   

2. Solemnidad a cada ciclo terrestre. Otras de las diferencias entre el tiempo y las otras magnitudes radican en la solemnidad que le damos a la medición de cada giro de la Tierra en el espacio. Al medir los movimientos del planeta con el reloj convertimos ese acto natural en una fiesta para nuestras vidas. Como cuando festejamos el año nuevo o nuestro cumpleaños con bombos y platillos. Con este acto le damos al tiempo la categoría de enigma, cuando lo que verdaderamente hicimos fue contar con el reloj un ciclo ya cumplido y otro que comienza. Por el contrario, cada vez que medimos un poste con una cinta métrica no festejamos esa acción, tampoco hacemos fiestas con champaña y globos al medirnos la temperatura corporal, ni mucho menos tiramos la casa por la ventana al calcular el volumen del agua en un recipiente.

     Todo esto ocurre porque el tiempo es intangible y el reloj es la parte tangible, tenemos la creencia de que el binomio reloj-tiempo es lo mismo. Al creer que son lo mismo da para más confusiones de las que tenemos, tanto así que nos inventamos absurdos viajes a través del tiempo.

     Al ser el tiempo el resultado final o fracciones del conteo de los ciclos de las rocas giratorias hechas por el reloj, lo que nos arroja es el resultado de la medición de los acontecimientos, tanto naturales como sociales, en fechas y efemérides. Las fechas y sucesos son algo intangible o abstracto, y, siendo así, el tiempo también lo es; no obstante, lo sentimos como algo concreto que viene y se va, lo que llamamos noción del tiempo, lo cual detallaremos más adelante. El reloj es lo tangible en esta relación, y así lo sentimos. No sucede así con el concepto de longitud, pues la cual es el resultado de la longitud de las masas hechas con la cinta métrica. Una pared o un árbol se puede medir cuantas veces se quiera, cuyo resultado se consigna en una tabla de valores específica, y no en el álbum de nuestras vidas, no celebramos esa labor de medir longitudes ni volúmenes. Es decir, la pareja cinta métrica-longitud representa algo concreto, tanto así, que se puede medir la longitud de la pared cada vez que se quiera medir; no sucede así con el reloj-tiempo que solo representa fechas y acontecimientos, lo cual son variaciones irrepetibles, es decir, solo se puede medir una vez en nuestras vidas.

3. La hora solo es un patrón de nuestro ciclo terrestre. Recordemos que toda dimensión se mide utilizando un patrón como referencia, ejemplo: el metro o cien centímetros es el patrón de la longitud; el kilogramo o mil gramos es el patrón en la masa; y la hora de 60 minutos es el patrón del tiempo. Todo modelo estándar de medición es una fracción de un todo, y la base de algo que posea cualidades de pequeño, grande o infinito. El metro es una fracción o base medible de toda la longitud infinita del universo. Esto quiere decir que el centímetro, el metro, el kilómetro, etc., son solo una pequeña fracción de toda la longitud del universo. Asimismo, el gramo y en kilogramos son solo una pequeña fracción de toda la masa del universo. Pero la hora es una pequeña y falsa fracción de la eternidad.

     Con el reloj ocurre algo semejante pero a la vez extraño, y de aquí otra diferencia con las otras magnitudes. Los patrones de segundo, de minuto, de hora, etc., son fracciones de algo medible y finito como lo es el ciclo de rotación de la Tierra de 24 horas, o de traslación de 365 días; pero no son pequeñas fracciones de los movimientos de las otras esferas del universo, de todo movimiento circular y constante del universo. Quiere decir que el minuto o una hora no son una fracción de los movimientos del planeta Júpiter ni tampoco de un planeta extrasolar; por el contrario, un centímetro o un metro es una pequeña fracción de la longitud de la Tierra, del planeta Júpiter y de todo el universo. No obstante, siendo los únicos seres con vida inteligente, con nuestro patrón del tiempo como lo es la hora o minutos hacemos todos los cálculos de todos los ciclos de los planetas del sistema solar, de los extrasolares, de las galaxias, y de todo lo que se mueva en el universo. La hora terrestre es algo así como la hora intergaláctica. Quizás si existiese vida alienígena en cualquier planeta, ellos tendrán su propia hora intergaláctica, hora basada a lo que arroje los movimientos de su planeta; en tanto su tiempo será el mismo del que tenemos aquí en la Tierra, e igual al tiempo del último planeta de la última estrella del último universo.  

     La hora, el patrón universal del tiempo, es una pequeña fracción de un ciclo de la Tierra, digamos una pequeñísima y falsa fracción de la eternidad; es decir, una fracción de algo intangible, inexistente como lo es la eternidad. Mientras el metro es una pequeña fracción del universo, algo que es tangible y, por supuesto, existente, no importando que sea infinito.

4. Al tiempo solo le interesa el movimiento de las esferas celestes. Al indicar que el tiempo es la medición y registro de los ciclos de las masas giratorias por medio del reloj, el binomio reloj (herramienta) y tiempo (resultado de ciclos) no tienen ninguna relación con las características físicas de la materia en sí, sino con los movimientos circulares y constantes de la materia en el espacio. Señalamos que al tiempo y reloj no le interesa si la materia es grande o pequeña, si es gaseosa o rocosa, si es lisa o pedregosa, blanca o negra..., solo le interesa que la materia gire. Tampoco importa que girase a mayor o menor velocidad, por todo ello, no nos deterioramos por ninguna característica de la materia, no dependemos de esta, sino de una evolución biológica. Contrario a esto, en el binomio cinta métrica y longitud sí está muy ligada a la materia, le interesa mucho sus cualidades, como lo es lo grande o lo pequeña que esta sea; a la pareja termómetro y temperatura solo le interesa si el cuerpo celeste es gaseoso o rocoso.

5. La medición del tiempo es irrepetible. Lo expresamos brevemente en puntos anteriores, podemos medir el tamaño de un árbol o el de un edificio cuantas veces queramos; del mismo modo, al pesar una libra de arroz en una báscula, la pesamos cuantas veces queramos hacerlo; también al medir el volumen de un cuerpo, o la temperatura de un cuerpo, etc.  Contrario a las demás magnitudes, el conteo de ciclos es algo irrepetible, no podemos devolver un ciclo terrestre para volver a medir la duración o variación de algo ya medido por el reloj, y mucho menos los sucesos biológicos y naturales que acontecen en cada giro terrestre, son eventos ascendentes, sin reversas. El crecimiento de un árbol a través del tiempo ya quedó apuntado en una fracción de la eternidad, es un hecho irrepetible. Esto es: todo ciclo o fracción de los giros de la Tierra, y los procesos biológicos de todo ser son irrepetibles, no podemos regresar al pasado, nuestra evolución ascendente no lo permite, nuestras vidas es ascendente.

     Pero para darle gusto a nuestra imaginación, supongamos que alguien regresase al pasado. ¿En qué parte del libro de la historia se escribiría ese nuevo suceso?, ¿se escribiría antes o después de nuestros días?   

Te invito a leer el capitulo más importante de este ensayo:   ¿Por qué sentimos el tiempo acariciar nuestra piel? CLICK

¿ Existe el tiempo? ¿ Se puede viajar a través del tiempo? ¿Qué pasa si la tierra gira al revés? En este ensayo te lo explicamos con dibujitos y plastilina.

 Ensayo

El tiempo no da saltitos inútiles como peces en la red

Autor:

Roberto Carlos Gómez Sánchez 


                        Capítulo 2. Banana madura no vuelve a verde

     En unas de las sagas de Superman vimos como este superhéroe con su inmenso poder le dio reversa al eje de rotación de la Tierra, SI más no recuerdo fue con el objetivo de volver al pasado y reconquistar a su novia. Desde luego, se trata de ciencia ficción, donde todo es posible. Pero por muy divertido que lo sea, en ninguna circunstancia debe estar en concordancia con la ciencia. Muy a la ligera se le da importancia a los viajes través del tiempo, existe un tonto empeño en «crear» maquinas del tiempo, lo cual es más descabellado que las historias de superhéroes. Carece de toda lógica el solo pensar que dejamos de crecer y nos hacemos niños de la noche a la mañana o volvemos a nuestro pasado solo por el hecho de que la Tierra haya rodado al revés; o por el contrario, nos trasportaremos al futuro y envejeceremos más de prisa si la Tierra acelerase su rotación o traslación. Se nos olvida que habitamos en una roca giratoria, como expresamos en el capitulo anterior, y que sus giros son independientes al cumplimiento que tiene nuestro organismo a un proceso evolutivo guardado en un código genético, inquebrantable, que por el momento no tiene reversa,  de ir hacia atrás y volvernos niños o de acelerar y volvernos ancianos en un instante. Ese proceso evolutivo de todos los seres vivos es lento, no podemos saltarnos sus normas por los cambios de los movimientos del planeta en el espacio o si viajamos en una nave a velocidades cercanas a la luz. Tenemos un «chip» incrustado desde el origen de la vida, al cual llamamos código genético o selección natural o un sistema genético evolutivo, como lo queramos puntualizar. De todos modos, ese plan es lo que determina nuestras funciones y transformación biológica, y en ningún modo lo determina los movimientos de los astros o la velocidad de una nave. Dijimos que ese proceso evolutivo no es descendente, es ascendente como el nacer, crecer, reproducirse y morir. No tiene reversa. Todo cambio físico o morfológico o cualquier mutación tienen que «pedirle autorización» a nuestro sistema genético evolutivo, visto que dichos cambios se realizan lentamente, en miles o millones de años, no lo hace en un santiamén por el hecho de que algún cuerpo celeste haya cambiado de curso en sus ciclos espaciales o por el hecho de que estemos montados en una entelequi nave que viaja a través del tiempo.  

     La Tierra siempre gira constantemente a medida que todo ser vivo cambia biológicamente, digamos el caso la metamorfosis de las ranas, la germinación de una semilla a árbol o en nuestro caso el paso generacional de bebés a adolescentes. Resulta lógico que todos esos cambios continúan aunque el planeta deje de girar, porque el tiempo es independiente a la composición de la materia. Siendo así, la mutación o deterioro de nuestro cuerpo y, en general, de toda la materia también es independiente al tiempo. 

     Al habitar la vida sobre una roca que no deja de dar vueltas, es viable ordenar los sucesos, tanto sociales como naturales, en secuencias, estableciendo así: un pasado, un presente y un futuro. Asimismo, nuestra anatomía no se aligera o ralentiza por el hecho de que la Tierra haya acelerado o desacelerado sus movimientos. Una rana no vuelve a ser renacuajo si nuestra esfera celeste «decidiese» girar al revés. Nuestros abuelos no pueden regresar a la matriz y volver a nacer. Sí fuese así le estaríamos dando crédito a la existencia de fantasmas y zombies. Resignémonos en aceptar que nadie puede retornar a la edad media ni mucho menos a la época de los dinosaurios, no hay la posibilidad de que un río regresase a su manantial. Tampoco nos trasportaríamos a una época de robots y carros voladores si la Tierra acelera sus movimientos espaciales.

     La materia inerte tampoco se transforma y deteriora por los movimientos de aceleración o desaceleración de las masas. Los seres inertes, aunque no obedecen un código genético, sí obedecen patrones físicos inquebrantables como lo es la oxidación de algunos objetos, los cuales no vuelven a hacerse nuevos con el giro en reversa del planeta; tampoco se deterioran al instante, en caso tal de acelerar el giro terrestre.

     No podemos engañar al método de dotación por radiocarbono, conocida por la prueba del carbono 14, una técnica para conocer la edad de muestras orgánicas de menos de cincuenta mil años.  

     Del mismo modo, si la Tierra invierte sus movimientos, ella misma no volvería a hacerse joven; tampoco el sol ni sus planetas vecinos. ¿Acaso volveríamos a los orígenes del sistema solar?, ¿acaso todos los planetas retornarían a ser planetesimales? De ninguna manera, la Tierra no retornaría a ser un residuo espacial como lo fue en sus orígenes, cuando giraba alrededor de un sol lozano; sino que continuará girando alrededor de la enana vieja que tenemos en la actualidad.

     Sabemos que el planeta Venus mantiene una rotación inversa. Entonces, elucubrando un poco, contestemos estas preguntas: ¿Qué tal si hubiese existido vida antes de ser impactado por el objeto que hizo alterar su eje de rotación?, como expresa la teoría; ¿y qué tal si esa catástrofe espacial haya dejado sobrevivientes? Pues en este caso, esos suertudos venusianos sobrevivientes no retornaron al pasado solo por el hecho de que Venus cambió su giro de rotación. desde luego que no retornaron a su época prehistórica, y luego evolucionaron o volvieron a nacer para poblar de nuevo el suelo de Venus, de ningún modo pudo haber sido así. Esos sobrevivientes el ejemplo son la estirpe de una civilización del pasado, hicieron parte de un mundo que ya existía. Para ellos todo fue ascendente, a lo mejor habitaron en sus cavernas, descubrieron el fuego, tuvieron su propia edad media, su revolución industrial, etc. Evolucionaron en miles de años, hasta que la última civilización se topó con la gran catástrofe que puso su mundo girando al revés. Esos venusianos solo sobrevivieron a la catástrofe, no volvieron a la época de las cavernas, y en la actualidad su sol nace en la posición donde se ocultaba anteriormente. Su planeta gira al revés, pero no sus vidas. Y si pudiésemos comunicarnos con ellos, no lo estaríamos haciendo con fantasmas que regresaron del pasado o zombies venusianos, simplemente estos seres son el fruto de la nueva generación que sobrevivió a una catástrofe espacial, vivida por sus ancestros, los cuales están sobre una roca gigante, al igual que nosotros; lo que sucede es que la roca de ellos gira en sentido contrario a nuestra.

     Si la Tierra rodase al revés, tampoco las manecillas de los relojes rodarían al revés como por arte de magia. ¿Por qué han de hacerlo?, ¿acaso las elipses de un ventilador también van a girar en sentido contrario?, ¿y qué pasa con un reloj de arena, sus granitos se devuelven al recipiente anterior? Claro que no, pues son objetos creados por la mano del hombre y, como todos los objetos, estos solo se detienen por su deterioro, una falla mecánica, agotamiento de su vida útil o por la manipulación de su creador.

     El reloj de manecillas, al igual que las llantas de los vehículos o a los carruseles están diseñados por el hombre para ir en un solo sentido circular constante, estos siempre seguirían su marcha normal si la Tierra girase al revés o no. Estos objetos en ningún modo posible girarán en reversa o más de prisa, a menos que la mano del hombre la sincronice para ir en sentido contrario o a un nuevo ritmo de velocidad. De igual modo, ningún objeto que marche en un sentido lineal y pegado al suelo terrestre, como un automóvil, de ninguna manera tiene que devolverse si la Tierra girase al revés. Y un objeto que marche en sentido lineal en el cielo, como un avión, tampoco devuelve su dirección de vuelo; pero desde nuestra perspectiva, el objeto pareciese que habría cambiado de sentido al rodar la Tierra al revés.

     No sobra decir que el reloj tampoco puede acelerar sus manecillas si la Tierra acelera sus movimientos en el espacio, si fuese así también tendrían que hacerlo todos los objetos diseñados para girar, como un ventilador o una llanta de un vehículo. Si lo ilógico se impusiera, en este último caso, todos los automóviles acelerarían de tal modo que no habría semáforos que los detuviera, y el caos en las calles sería monumental. Todo esto porque el reloj también es materia, no tiene poderes sobrenaturales para detener sus manecillas y luego inmolarse si viaja a velocidad de la luz, como lo hemos vistos en algunas animaciones de los canales científicos de tv. Pues es imposible que un reloj se autodestruya si viaja a velocidad de la luz, dado que simplemente es un instrumento creado para registrar ciclos terrestres y no la consciencia de los hombres.

       En el planeta cada ser vivo tiene su promedio de vida determinado, producto de un proceso evolutivo largo, tal vez guardado en el código genético, y es un promedio de vida diferente entre cada especie. Una planta de cebolla tiene un promedio de vida de diez días, un pino cincuenta años, un perro alrededor de quince años, mientras el código genético de una tortuga determina que esta puede vivir cien años, y el promedio de vida de los humanos está entre setenta y cinco en los países ricos. La evolución lo quiso así. Por lo tanto, ningún ciclo o movimiento de la Tierra o de cualquier objeto celeste, o la distancia entre dos objetos celestes, o la velocidad de la luz, no ejercen ninguna influencia en acortar o prolongar cualquier promedio de vida de cualquier especie. Otros factores como el medio ambiente, el índice de pobreza, temperatura, la contaminación, procesos químicos, la ignorancia, etc., incluso, una mutación genética es lo único que podría influir en acortar o prolongar la vida.    

    La transformación de la Tierra, la evolución o el deterioro de todos los seres que habitamos en ella, los eventos naturales y sociales de cada ser, la oxidación del hierro, la pérdida de combustible del sol, el nacimiento y muerte de una estrella, etc., son independientes al conteo de los ciclos de la Tierra y, por ende, también independientes al tiempo, al espacio, a la distancia y a la velocidad de la luz. Sabiamente dice la canción: «Banana madura no vuelve a verde, y el tiempo que se va no vuelve».


Ahora te invito a leer: El tiempo sí se crea y se destruye, y no se transforma. CLICK

 

 

5 nov 2020

¿ Existe el tiempo? Principio y fin del tiempo. ¿Qué es el tiempo ? ¿Se puede viajar a través del tiempo? ¿Qué pasa si la tierra gira al revés?En este ensayo te lo explicamos en detalle.

 

Ensayo

El tiempo no da saltitos inútiles como peces en la red

Autor:

Roberto Carlos Gómez Sánchez 


    Capítulo 1Principio y fin del binomio reloj-tiempo

 

     Están muy equivocadas todas aquellas personas que creen que retornaríamos al pasado si la Tierra girase al revés. Como se dijo, en el evento de que nuestro planeta lograse cambiar su giro de rotación, a lo mejor como consecuencia de ser impactado por un gran objeto celeste, simplemente el sol saldría por el oeste y se ocultaría por el este. Esto porque los movimientos de la Tierra, del sol, de la luna, de los planetas y en general de todas las estrellas del universo en nada afecta o decide sobre el comportamiento biológico de todo ser vivo. Y es que no crecemos ni envejecemos por los giros de los cuerpos celestes, y rejuvenecer mucho menos. He aquí una gran confusión, y se presenta porque no tenemos claro el concepto tiempo, pues creemos que el tiempo está ligado a la transformación y deterioro de la materia, y no es así. Todo cambio en nuestro cuerpo no es más que nuestros procesos biológicos puestos en marcha, nuestra evolución, cambios ligados a toda actividad social del individuo. El nacer, crecer, reproducirnos y morir: no depende de la cantidad de rotaciones y traslaciones de cualquier objeto celeste. Estos dos movimientos se contabilizan por un objeto creado por la mano del hombre como lo es: el reloj (tiempo), objeto al fin y al cabo. Entonces se hace necesario que al contabilizarse cada movimiento de la Tierra se realice de manera independiente a lo que le acontezca a nuestro desarrollo físico, que no es más que nuestra evolución.

     Los cambios físicos, que experimentamos todos los seres vivientes, dependen de un proceso evolutivo arraigado en nuestros genes, arraigados desde hace miles de años. Y cualquier cambio o mutación de ese proceso, por muy pequeño que conllevare, dicho cambio se daría en miles de años, y no de la noche a la mañana, pues nada puede cambiar así porque sí o por el hecho de que nuestro planeta decide ralentizar o acelerar sus movimientos en el espacio. Los procesos biológicos y en general todo el deterioro de la materia son independientes a los movimientos de la Tierra en el espacio, también a la velocidad de la luz, a la distancia, y a la  injerencia de cualquier astro, así sea de la estrella más lejana. Independiente a todo.

     Así de sencillo: Nuestra edad es la cantidad de vueltas que hemos dado al sol desde que nacimos, y en ese numero de vuelta, al fin y al cabo, nos marchitamos, y no precisamente por el reloj, que es un simple objeto hecho por el hombre para contar movimientos de los astros. 

    Desde ese momento, desde que vemos la luz de este mundo por primera vez, comenzamos un proceso de deterioro. Este hecho es debido a las condiciones de nuestra evolución, condiciones instaladas en nuestros genes desde tiempos ancestrales; y no a las condiciones de los movimientos terrestres en el espacio, las cuales son determinantes para la noción del tiempo. Todo proceso evolutivo es ascendente (nacer, crecer, reproducirnos y morir), no es descendente, no se pueden manipular, no podemos regresar a nuestra infancia por el hecho de que la Tierra girase al revés. Igual acontece con otros fenómenos naturales, como la oxidación del hierro, pues también es un proceso ascendente, este fenómeno ocurre por acción del aire de nuestra atmósfera, por ello, tampoco el hierro vuelve hacerse nuevo o a su estado natural si la Tierra alterare su giro de rotación.     

     Mientras el planeta Tierra gira en el espacio, nosotros experimentamos eventos naturales y sociales aquí en su superficie, pues es parte de la vida. Estos eventos mezclados, como el agua y el café, a la cantidad de vueltas que realiza continuamente el planeta, lo anotamos en un álbum al cual llamamos historia. Con el reloj contabilizamos el número de vueltas del planeta o de cualquier astro del cual queramos tener datos sobre sus movimientos espaciales, podríamos utilizar los movimientos de la luna, en todo caso, el resultado de esta medición es lo que nos da la percepción del tiempo. En este sentido, la rotación y traslación son algo así como el factor determinante del tiempo; mas no del deterioro físico nuestro o de cualquier ser vivo o no vivo. Tengamos claro ese concepto base de todo este ensayo.

     Sobre el binomio de reloj-tiempo nos enfrentamos a la mezcla más misteriosa de las magnitudes físicas, dado que son dos conceptos opuestos: lo intangible y lo tangible. Lo intangible:el tiempo; y lo tangible: el reloj. Visto que podemos agarrar el reloj con nuestras manos, pero imposible agarrar al tiempo. Al ser el tiempo la magnitud física que más utilizamos en nuestro diario vivir tenemos la falsa percepción de que el tiempo y reloj son lo mismo o creer que lo intangible es lo tangible. Este dolor de cabeza no sucede con otras magnitudes, como en el caso de la longitud y la cinta métrica, por ejemplo; tampoco con el termómetro y temperatura, o el volumen y litro, etc. En estos casos no puede haber pie a confusiones, visto que notamos, sin ningún problema, que cada pareja de magnitudes son tangibles. Es decir, tocamos el termómetro y sentimos el calor, y luego sabemos que se fue el calor porque el frío congela nuestra espalda; tocamos la cinta métrica, la estiramos y recogemos cuantas veces queramos, y, por supuesto, tocamos la altura de una pared; tocamos cualquier tubo de ensayo, bebemos un litro de cualquier líquido; sentimos el aire y tocamos el barometro etc. Empero, como ejemplificamos, sentimos la noción del tiempo como la brisa acariciando nuestra piel bajo un sol de verano, siendo algo tan inmaterial.

     Más adelante daremos respuesta, en mayor detalle, en lo relacionado al misterio de la noción del tiempo, tanto a la intangibilidad del tiempo como su falsa dependencia con la evolución y con los ciclos terrestres. Misterio que siempre ha inquietado a toda la humanidad. Siendo así, por el momento es menester ir paso por paso, estudiar primeramente los orígenes del binomio reloj-tiempo, resuelto este concepto nos daría las bases para profundizar y dar luces al conocimiento de este tema, y así aclarar toda confusión del enigmático tiempo.

     Para adentrarnos al origen del tiempo, tenemos que estacionarnos por allá en los comienzo de nuestro universo, supongo que antes del big bang, cuando aparecieron las primeras partículas de la materia. ¿Y por qué nos remontamos a los orígenes de materia? porque para conocer la apertura del enigmático tiempo solo bastaron la existencia de una o dos partículas. Siendo más claro: el tiempo está ligado al origen del primer átomo, al origen de la materia. Pero este asunto no encaja sin la existencia de un movimiento, dado que no solo es tener la existencia de partículas atómicas inmóviles, no sirven de nada, estas tendrían necesariamente que poseer movimientos giratorios constantes. De esta manera brotarían los primeros ciclos de la materia y, ante estos movimientos repetitivos y constantes, dichos ciclos se facilitan para ser contabilizados por el reloj. Debe suponerse, que para aquel momento no existía la vida ni mucho menos el reloj para registrar movimientos. En todo caso así nacería el concepto del tiempo. Si se tratase de una sola partícula, basta que esta girase sobre su propio eje; y si son dos partículas, solo basta que una se aproxime a la otra, o una girase alrededor de la otra continuamente. En ambos eventos estaríamos hablando de ciclos ponderables, lo que nos aproxima al concepto magnitud, y magnitud nos aproxima al concepto tiempo, y tiempo a reloj, valga la retahíla.

     Pero si estas partículas son inmóviles el tiempo también es inmóvil, es igual a cero, a nada. Solo tenemos que teñir esas partículas de negro para que se pareciese al vacío que vemos por las noches, como si no existiese nada. Con la materia inmóvil no nace el tiempo, no se puede medir, porque no tenemos nada que contar. Solo han nacido otras clases de magnitudes físicas, o los conceptos de tamaño: volumen, temperatura, densidad, peso, etc. Pues a las partículas se le pueden medir su longitud, su densidad, su temperatura, su peso, etc.; pero mientras no realicen movimientos repetitivos, obvio, no se le podrán contabilizar ciclos con el reloj.

     La idea central de este punto es entender que solo basta un movimiento constante de una o dos partículas para que brote el intangible tiempo. En nuestra moderna civilización, ya con las grandes rocas giratorias en nuestras narices, esta tarea de medir la duración de los eventos se nos hizo más fácil. Incluso, tomando como referencia el giro de traslación de la Tierra podemos calcular cuánto tiempo ha pasado desde el origen del universo hasta nuestros días, que son unos 14 mil millones de años aprox., paradójicamente en aquel tiempo aún no existía nuestra roca, nuestro planeta, con el cual hemos calculado dicha cifra.

     Vayamos recolectando conceptos, y dejemos claro que el tiempo es el resultado del número de vueltas que realiza la Tierra sobre su mismo eje y alrededor del sol, en simultanea y mezclado a todos los eventos que se presentan en su superficie, tanto naturales y sociales, y contabilizados por nuestro instrumento de medición como lo es el reloj. Y el resultado de ese número de vueltas es independiente a cualquier proceso biológico, y lo anotamos en un álbum, que llamamos historia.

     Ahora abarquemos el origen del reloj.

     En general, las civilizaciones primitivas basaron la medición del tiempo echando un «vistazo» al cielo. Ellos evaluaron los movimientos de los astros, echaron mano de las constelaciones, las fases de la luna, el recorrido del sol en el cielo, de los planetas y de las estrellas. Aunque en esos tiempos se creía que la Tierra era plana y sin movimientos, siempre la constante fue referenciar el caminar de las esferas celestes. Nuestros antepasados se apoyaron en calendarios basados en los movimientos de los astros para fijar, más que todo, los periodos de siembra y cosechas. Las civilizaciones progresaron, y, de las tantas ramificaciones que tiene el progreso, brotó un instrumento de mayor exactitud: el reloj. Estos primeros instrumentos fueron de agua, de sol y de arena; hasta llegar a los actuales relojes de manecillas, digitales y hasta atómicos. Sin importar el aspecto del reloj, todos basados en un movimiento cíclico.

     Y es que ha nuestros ancestros no les fue difícil calcular el tiempo e introducirlo en las labores cotidianas, pues en el universo son muy comunes los cuerpos giratorios, «están a la hora del día»: la luna gira sobre su propio eje y alrededor de la Tierra, la Tierra lo hace sobre su propio eje y alrededor del sol, el sol sobre su propio eje y alrededor de la vía láctea, tal vez la vía láctea ruede alrededor de una megagalaxia.

     Tenemos claro que el reloj es una herramienta que mide los movimientos constantes de las masas giratorias, en nuestro caso los desplazamientos de la Tierra en el espacio. Digamos que los ciclos del planeta, rotación y traslación, se «encarnaron» en esa herramienta. El reloj unifica los movimientos terrestres, los convierte en patrones. Es decir, los abrevia en segundos, minutos, horas y días; y con estos patrones se contabilizan las semanas, meses, años, décadas, siglos y milenios.

     De lo anterior señalamos que de los ciclos de la Tierra se establecieron patrones cortos y largos. Los patrones cortos se definen como los menores a veinticuatro horas, de allí se calculó la hora de sesenta minutos y el minuto igual a sesenta segundos. Su objetivo es medir acontecimientos de poca duración, como por ejemplo: una clase escolar, un partido de futbol, una competición atlética de cien metros, además de muchas. Y los patrones largos son los mayores a veinticuatro horas, estos para medir eventos de larga duración, ejemplo: la próxima cosecha de tomates, la espera de los próximos juegos olímpicos, el próximo cumpleaños, el próximo año nuevo, e infinidades de eventos.

     Con estos patrones medimos de manera precisa la variación de los eventos naturales y sociales. Entiéndase por eventos naturales el crecimiento de un ser vivo, la oxidación de una reja metálica, las fases de la luna, el nacimiento de una montaña, la velocidad de la luz, el nacimiento de una estrella, e infinitas situaciones. Los eventos sociales, decimos que son una clase en la escuela, cumplir con nuestros compromisos laborales, un partido de futbol, cocinar los frijoles, ir a una fiesta, un león corriendo detrás de su presa, el girasol mirando el sol, un águila volando sobre una montaña, una cita romántica, una carrera atlética, y millones de compromisos más. O sea: los eventos naturales son los procesos de cambio de todo ser vivo y no vivo; y los eventos sociales son las actividades diarias de todo ser vivo,  las realizadas por el hombre y los animales.

     Pues como vemos, además de los movimientos de los astros, existen  movimientos naturales y sociales. Estos unidos para siempre a un solo ombligo como lo son los ciclos terrestres. Todo es movimiento, dado que la transformación y cambio de la materia es movimiento. Toda la materia en el universo se transforma mientras la Tierra gira, y todas las cosas son sometidas a cambio, se transforman las hormigas al igual que las montañas y el clima, nada está exento de cambio. Siendo así, se nos hizo imprescindible medir cada variación de cambio, es decir, cada movimiento natural y social, y toda variación, por muy pequeña que sea, la registramos en el álbum de la historia.

     He aquí el detalle: La fusión de eventos naturales y sociales, mientras la Tierra gira, produce cierta confusión al raciocinio humano. Puesto que en cualquiera de los dos eventos: los organismos y todo lo inerte se deterioran. Y es muy cierto, todo se vuelve viejo mientras la Tierra gira, y desde nuestro punto de vista social concluimos erróneamente que dicho deterioro de todas las cosas, tanto de nosotros mismos como lo que está siempre presente a nuestro alrededor, es producto de los ciclos de nuestro planeta, y no es así. Es necesario repetir que el deterioro de todo ser vivo, de nuestra piel, de nuestros genes etc. es producto de una evolución de millones de años. Nuestra evolución lo quiso así. Y el deterioro de un cuerpo inerte, de la oxidación de una varilla de hierro de nuestra ventana es producto de la acción del aire actuando sobre ese metal. La química lo quiso así. No envejecemos porque la Tierra gire o no gire, porque de todos modos todas las cosas se marchitan.

    El binomio reloj-tiempo se presta para muchas ironías, como el cálculo que se hace para saber cuántos años tiene el universo. Según la teoría del big bang, este evento ocurrió hace 14.000 millones de años aprox. Para realizar dichos cálculos, claro, se tomaron los ciclos terrestres, ningún otro. Si bien, el sol ni la Tierra no existían en aquel entonces, ni mucho menos un humano para contabilizarlo, esa cifra supone el número de vueltas que ha dado la Tierra desde el origen de la primera partícula en el universo, aunque la Tierra no haya dado realmente esa cantidad de traslaciones, y es que nació hace 4.500 millones de años. Entonces, solo son ajustes, cálculos basados en los ciclos actuales de nuestro planeta, aunque esa no sea la cifra exacta, lo que sí es seguro que desde el big bang ha habido un continuo deterioro y transformación de toda la materia del universo.

     Al ser cada persona evolutiva y sociable, el reloj, además de medir los ciclos de los astros, lleva intrínsecamente medir los eventos sociales y naturales que se presenten cada vez que la Tierra de una vuelta, tanto en los seres vivos e inertes. Ejemplo: la cantidad de traslaciones que transcurren al crecer un árbol (evento natural). En este caso, si el reloj mide cinco ciclos, el resultado de este evento lo registramos en el álbum de la historia. De igual modo, al calcular en cuanta fracción de un ciclo se cocinaron los frijoles (evento social), tal vez no lo registremos en nuestro álbum, pero sí registramos el crimen de un importante personaje, que se da en cuestiones de minutos. 

     Muy importante aclarar que no estamos diciendo que sin la existencia de los movimientos constantes de nuestra roca celeste no existe el tiempo ni el reloj. Al no existir la rotación ni traslación terrestre, muy seguramente el ser humano se hubiese buscado otro método de medición del tiempo para calcular la vejez del árbol, ya que este crece sin la medición de ciclos (con tiempo y sin tiempo); o para que no se nos achicharren los frijoles, puesto que estos se achicharran con reloj o sin reloj. Asimismo, todos los eventos sociales (un partido de futbol) o naturales (estaciones del año o crecer una planta), de todos modos acontecerían si a alguien se le ocurriese añadirle o quitarle números al reloj o meses al año.   

     Vamos dejando claro que el reloj, nuestro instrumento de medición de ciclos, lo simplificamos y maximizamos (por decir algo) según la necesidad que tengamos de medir eventos tanto largos o cortos, y tanto naturales como sociales. La duración de cada evento lo establece el afán de cada persona. Los eventos cortos o actividades de poca duración pueden darse en un minuto, una hora o en un día. Por tanto, «simplificamos» un fenómeno natural como es el movimiento de rotación (día) en horas cuando disfrutamos una película con esa duración, o cuando nos dan esa cantidad de tiempo para responder un examen escolar; en un minuto, cuando esperamos que la luz roja cambie a verde. Los eventos largos son actividades que duran más de un día, como son las vacaciones, un viaje en barco desde América a Europa, la espera del próximo mundial de futbol, el crecimiento de un individuo, etc. Para calcular el tiempo de duración en los eventos largos, multiplicamos las horas o los días, con esto nos darían las semanas, meses, años, décadas, milenios. Lo cierto es que no vamos envejecer ni una milésima de segundos o un año si le añadimos más horas al reloj, ni tampoco vamos a rejuvenecer si le quitamos una hora.

     Pero lo anterior no es exclusivo de la magnitud tiempo y de su herramienta reloj, del mismo modo acontece con otras magnitudes físicas, como por ejemplo: el binomio metro-longitud. El metro lo simplificamos en centímetro y milímetro para medir distancias cortas, y lo maximizamos en kilómetros o millas para medir distancias largas. En este caso, un árbol no crece más o vuelve hacerse pequeño si a alguien se le ocurriese añadirle o quitarle centímetros al metro. Así ocurre con las demás magnitudes físicas, pero la diferencia de estas con la magnitud tiempo, en cuanto a añadirle o quitarle números al reloj, es que creemos que podría afectar nuestras vidas, en especial al deterioro, al envejecimiento, pero no es así. Esto sucede porque una parte del binomio reloj-tiempo es intangible. Y es que al ser el tiempo intangible tenemos esa vaga idea de transportarnos al futuro si la Tierra acelerase su rotación o al pasado si esta girase al revés.

     No suena descabellado manipular las horas del día, quitarle o añadirle minutos u horas, dado que todo esto depende de las nuevas condiciones que impongan los ciclos terrestres, si  se les da por acelerar o desacelerar en el espacio. Y estos fenómenos son muy comunes en el espacio. En nuestro entorno podría darse por el alejamiento de la luna en relación a la Tierra. En estos momentos no se hace necesario manipular el reloj, porque el alejamiento de la luna de la Tierra es de una distancia de cuatro centímetros por año, muy pequeña, y no alcanza a ralentizar tanto a la rotación terrestre, asunto de gravedad. Pero en siglos menguara la gravedad que los sostiene atado, la rotación terrestre sería más lenta, y tendremos que ajustar el reloj a esas nuevas condiciones que nos impone las rocas en el espacio. En este evento, nuestras vidas, tanto en nuestro crecimiento natural como en lo social, continuarían su ritmo normal. Al igual al árbol que no crece si se añaden centímetros al metro, nosotros no crecemos o envejecemos más si le añadimos o quitamos rayitas o granos de arenas al reloj. De igual modo, el hierro de las rejas de nuestras viviendas continúan su proceso de oxidación normal, puesto que este fenómeno depende de la acción del oxígeno sobre este elemento, y es un proceso que únicamente se suspende si nuestra atmósfera dejase escapar el oxígeno, y no por la manipulación de las horas o movimientos terrestres.

     Sobre la disminución de la velocidad de rotación  debido al alejamiento de nuestra luna, merece una explicación más detallada, que daremos más adelante.

     La trasformación de cada individuo y de todo lo que nos rodea se da en simultánea con los ciclos terrestres, no obstante, dicha transformación seguiría su curso normal sin ciclos o con ciclos. Un ciclo terrestre en este momento está aconteciendo en simultánea a cualquier evento social y natural, por ejemplo, mientras leen este ensayo (social) está en puesta en marcha un ciclo de 365 días (natural), y aunque no lo notemos, envejecemos cada segundo (natural), ante esto: tenemos la noción de presente; y si ya sucedió el ciclo y el evento, es decir, ya leyeron el ensayo: aparece la noción de pasado; y si esperamos que el ciclo se repita, y planean leer el ensayo para más tarde o para el día siguiente: aparece la noción de futuro. Indicamos lo que hacemos, lo que vamos hacer y lo que hicimos mientras la Tierra da vueltas, y cada recorrido terrestre lo ordenamos en secuencia o calendarios, y luego lo registramos en el álbum de la historia. Este álbum simplemente es una colección en secuencia de hechos presentes aderezados en recuerdos y expectativas.     

     Por otra parte, el reloj no deja de funcionar si se detiene cualquier movimiento del planeta. El reloj no sufriría ninguna alteración, ningún cambio en lo físico ni en lo funcional si la Tierra dejase de girar, pues solo es una herramienta giratoria que obedece a un diseño del ser humano, no decide por sí mismo, el reloj no tiene poderes sobrenaturales para hacerlo. Igual sucede con todos los objetos creados para girar, como son: las ruedas de los carros, carruseles, ruletas de la suerte, ventiladores, etc. al igual que las manecillas giratorias del reloj, estos objetos no se detienen al suspenderse el caminar de la Tierra en el espacio, si han de suspenderse lo harían por el deterioro de la vida útil, daño o manipulación del hombre. Las agujas del reloj seguirán caminando si el recorrido terrestre se detiene, pero en este caso no contabiliza nada, se vuelve un objeto inútil, o un objeto decorativo, o un simple cachivache.  En cambio, otros instrumentos de mediciones físicas, como la cinta métrica o el termómetro no se hacen inútiles, pues en un suceso como ese, que nuestra gran roca dejase de girar, a todo lo que habita en nuestro planeta se les seguiría midiendo su volumen, su diámetro, su temperatura, etc.

      El tiempo (resultado de ciclos) y el  reloj (herramienta) no tienen ninguna influencia ni dependencia con la composición de la materia. Al binomio reloj-tiempo no le interesa las características de la materia, para nada le interesa si es grande o pequeña, con poca o mucha masa, si es gaseosa o rocosa, si es lisa o pedregosa, blanca o negra etc.: solo le interesa que gire. 

     Prácticamente el objetivo del binomio reloj-tiempo es enumerar el orden de transformación de la materia, un orden ascendente e inquebrantable como lo es germinar, crecer, reproducirse y morir.

     En cuanto al final del tiempo, señalamos que las primeras partículas subatómicas tienen que cumplir la función de girar constantemente para que naciese el concepto del tiempo, luego se hicieron más evidentes en los grandes cuerpos celestes. Teniendo este concepto claro, otra definición del tiempo sería: «El tiempo es la cantidad de ciclos (o fragmentos) de las masas giratorias, y todas las variaciones que se presenten en la descomposición del planeta y todo lo que habite sobre ella, contabilizadas por el reloj». Por todo ello, el tiempo vacía su vaga existencia cuando las masas dejasen de dar vueltas. O sea, el tiempo desaparece aunque la masa no desaparezca y siga transformándose, y continuemos habitando sobre ella, siendo así, no hay nada que medir constantemente.

     Si la Tierra paraliza sus movimientos tendríamos que buscar otro cuerpo celeste al cual le midamos sus ciclos, puesto que para cada civilización es imprescindible medir las variaciones de cada masa y los eventos naturales y sociales, y registrarlos en el álbum de la historia. Para tal labor tendríamos que tomar de referencia los movimientos de la luna, de los planetas o las estrellas, de esa manera retomar sus patrones como lo hicieron nuestros antepasados, y unificarlos en un reloj. Si tomásemos los ciclos de la luna, pues es lo más cercano que tenemos, al hacerlo celebraríamos nuestro cumpleaños y año nuevo cada veintiocho días. De hecho, las fases de la luna en algún momento fueron referencia para calcular el tiempo. Otra solución sería construir un dispositivo que gire constantemente, y que esté ubicado a la vista de todos sus habitantes.

     Por ventura, los movimientos cíclicos son propios de los cuerpos celestes, siempre van existir los cuerpos que giren en el espacio y, obviamente, a la vista de toda civilización; por esta condición, siempre va existir el tiempo, será perdurable, aunque nunca dé ni un solo pasito a la eternidad. Y como diría algún filosofo, el cual no recuerdo, dijo más o menos así: «La  eternidad es como el deterioro de una esfera de hierro del tamaño de la estrella más grande del universo, que para tal propósito, una hormiga tiene que surcarla las veces que sea necesario, esto para que con sus patas desgastase totalmente la gran bola de hierro, y cuando lo consiguiese finaliza la eternidad».

         

Te invito a leer el capítulo 2.  Banana madura no vuelve a verde. CLICK  



teoría de la relatividad y ley de la gravedad

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